Una novela que no te dejará indiferente.

Archivo para diciembre, 2011

Capítulo 3

Allison. 1 de Julio. Al atardecer. Londres.

Camina tranquilamente por Oxford Street mientras se para, de vez en cuando, en las tiendas más famosas para poder mirar sus escaparates. Es una apasionada de las tiendas y de la moda. Siempre que puede se va de compras, ya que para ella, el dinero, no es un impedimento. Está muy bien situada económicamente, y su trabajo se lo permite. Y compra, y compra, y compra sin miramiento alguno. Sabe perfectamente que es una enfermedad, pero ella no se considera enferma. Ni mucho menos. Cuando quiere para… a veces.

Se para enfrente el escaparate de Zara y ve unos shorts vaqueros que la hacen enloquecer. Pero no, no puede hacerlo. Ayer mismo se fue de compras y cargó bastante. Pero es que esos pantalones la vuelven loca. ¿O sí que puede? Sin pensárselo más tiempo, entra en la tienda y se hace con ellos.

Sale contenta, con su bolsa de Zara en la mano. Se dispone a coger un taxi que la lleva directa a su casa. Bueno, más bien a casa de Will. Para al primer taxi que ve por la calle y se sube en él. Le dice la dirección, el taxista asiente y la lleva hasta su destino. Suspira. Son sus últimos días en Londres. Pronto cogerá un avión y volverá a su querida ciudad. La echa mucho de menos: el clima, el ambiente, sus amigos, sus compañeros de piso… En ese momento recuerda que Ethan le dijo que iban a tener a una nueva inquilina en la casa. Pues vaya. Con lo bien que está ella con Ethan e Ian. Solos para ella. Atentos de ella. Cuidando de ella.

Vuelve a suspirar. Cierra los ojos y los vuelve a abrir. Cuando se quiere dar cuenta ha llegado a su destino. Le paga al taxista lo que le pide y se baja del coche con la bolsa de Zara en la mano. Saca la llave del bolso y abre la puerta que separa el exterior del interior. Cierra la puerta a sus espaldas y deja la llave en un recipiente puesto adrede para ello. “Hello sweety” dice en voz alta esperando contestación, pero eso no ocurre.

Pasa al comedor y no ve a nadie. Decide subir a la habitación a guardar el nuevo pantalón que se ha comprado. No quiere que Will lo vea, sino le echaría de nuevo una bronca. No quiere que compre por comprar. Pero ella era así, y no iba a cambiar por nadie, y menos por un chico.

Se descalza y se pone las zapatillas de estar por casa. Mira el reloj que lleva en su muñeca izquierda. Es casi la hora de cenar. Más vale que vaya preparando algo. Baja sin detenerse a la cocina y abre la nevera. Decide hacer una ensalada variada acompañada de un poco de pechuga de pollo. Le encanta cuidarse. Pero en cambio Will…Will es otra historia. Él prefiere la comida rápida y grasienta, pero sin embargo, no está gordo. Todo lo contrario. Tiene un cuerpo, para ella, perfecto. Pero claro, su esfuerzo le cuesta. Siempre que puede está en el gimnasio.

Prepara la mesa para dos. Pero en ese momento, llaman al teléfono. Allison corre hasta él y  logra cogerlo en el tercer tono.

–   ¿Sí? – pregunta.

–   Allison, cariño, soy Will.

–   Dime. – dice poniendo los ojos en blanco sabiendo lo que iba a decir segundos después.

–   Esta noche no voy a poder ir a cenar a casa. Tengo mucho trabajo y el jefe me obliga a quedarme. Además, luego nos invita a cenar y ya sabes que no puedo faltar, sino nunca me lo perdonaría.

–   La que no te lo va a perdonar nunca voy a ser yo. Sabes que en un par de días me vuelvo a Madrid y quiero pasar el mayor tiempo posible contigo.

–   Lo sé, lo sé mi vida, pero no puedo negarme. El jefe me mataría.

–   Está bien. – cede Allison. No le queda otra. – ¿Te espero levantada?

–   No. Duérmete cuando quieras porque no sé a qué hora llegaré.

–   Vale. – dice agachando la cabeza. – Luego te veo.

–   Un beso mi vida. – le oye decir al otro lado del teléfono a Will. Pero ella no le contesta y cuelga el teléfono.

Siempre igual. Siempre la misma historia. Ya está harta. Otra noche más que tenía que cenar sola. Y no solo eso, encima tenía que dormir sola, porque sabía perfectamente lo que acarreaba ese tipo de cenas: comida, bebida y chicas guapas por todos lados. Suspira. Ella confía en Will, pero en el fondo de su corazón tiene una pequeña duda. ¿Será capaz de liarse con otra chica estando con ella? No quiere pensar en eso y  empieza a cenar, aunque a penas prueba bocado, y eso que la ensalada la ha hecho a su gusto.

Friega los pocos platos que ha ensuciado y se sienta en el sofá esperando a que empiece una película que sea de su agrado. Después de cambiar varias veces de canal, encuentra una película muy típica pero a la vez bonita: “The Notebook” o más conocida como “El diario de Noa”. No se lo piensa dos veces y se levanta del sofá. Rebusca en el congelador y encuentra una tarrina entera de stracciatella, su favorita: nata con trocitos de chocolate. Coge una cuchara sopera y vuelve al sillón.

Abre la tarrina y mete la cuchara dentro. Coge un poco y se lo mete en la boca. Lo saborea. Los trocitos de chocolate se deshacen en su boca. Placer. Mucho placer. Dicen que el chocolate es un buen sustitutivo del sexo. Ella no lo sabe, pero más vale que las malas lenguas tuvieran razón porque aquella noche iba a estar muy sola.

Anuncios