Una novela que no te dejará indiferente.

Entre mentiras.

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Capítulo 7

Ethan. 2 de Julio. Al atardecer. Madrid.

Ha tenido que comer solo. Sobre las dos del mediodía ha recibido un mensaje de Nicole diciéndole que no iba a ir a comer. ¡Vaya! Le apetecía verla, estar con ella. No la conoce mucho, pero le ha caído bien. Y encima tiene un cuerpazo de vértigo.

Se sienta en el sofá y enciende la televisión. Están poniendo una telenovela de esas en las que todos los personajes se enrollan entre ellos. Al principio todo es perfecto porque nadie sabe nada. Pero poco a poco, todos se van enterando y empieza a haber mal rollo entre ellos. Ahí es cuando la telenovela se pone interesante. Se llama “Entre Mentiras” o algo así.

Cambia de canal y pone el de deportes. Un partido de tenis se está disputando. Deja el mando a su lado y se pone a verlo. Le encantan los deportes, desde siempre. De pequeño jugó en un equipo de balonmano, pero tuvo una lesión en una de sus rodillas y tuvo que dejarlo. Le hubiera gustado poder seguir jugando, pero era imposible.

El móvil, que está en su habitación, empieza a sonar y le saca de sus pensamientos. Se levanta a trompicones del sofá y va a por él. Mira la pantalla. No reconoce el número. Piensa en Nikkie, pero pronto desecha esa idea cuando se acuerda de que su número ya lo tiene apuntado en su agenda. Lo coge. Preguntan por un tal Antonio. Él contesta entre risas que se han equivocado de número y cuelga. Deja el móvil de donde lo ha cogido. Al lado está el portátil. Se acuerda de Allison y decide escribirle un e-mail. La echa bastante de menos y está impaciente porque vuelva de nuevo a Madrid. Ella debe de estar pasándoselo de miedo en Londres junto a su novio Will.

Enciende el portátil y se sienta en la silla del escritorio. Abre su cuenta de correo y le da a nuevo e-mail. Empieza a teclear.

“Hola Allison. ¿Cómo estás? ¿Te acuerdas de mí? Soy tu compañero de piso Ethan. Sí, sí… ese que te ha enseñado algunos truquillos de cocina…”

Lee lo que ha escrito. No le gusta nada. Es demasiado informal. Borra todo y vuelve a empezar de nuevo.

“Hola Allison. ¿Cómo te va todo por Londres? Seguro que disfrutando mucho en esa preciosa ciudad, y seguro que ya has visitado todas las tiendas de ropa. Con lo que te gusta a ti la moda…

Resulta que esta mañana me he acordado de ti. No sé por qué, pero has aparecido en mi cabeza. Debe ser porque te echo de menos… Por cierto, ¿cuándo vuelves? Me dijiste la fecha, lo sé, pero ya sabes como soy. Se me olvida todo. Pero espero que sea pronto porque me apetece verte.

¿Y Will? ¿Qué tal está? Espero que muy bien. No le trates mal, ¿eh Es un buen tío.

Por cierto, ya ha venido nuestra nueva compañera de piso. Se llama Nicole, aunque le gusta que le llamen Nikkie. Es morena, ojos verdes… y tiene 20 añitos. No hemos pasado mucho tiempo juntos, pero es muy maja. Parece buena chica. Está en segundo año de periodismo y le han concedido la beca séneca, por eso está aquí en Madrid. Decidió venir antes para conocer la ciudad. Yo creo que te va a caer bien.

De Ian se muy poco. Más bien nada. Sé que está pasando unos días en Barcelona con su familia. Se fue poco después de irte tú, así que no creo que tarde mucho en venir tampoco.

En un par de días estaremos todos juntos otra vez. Ya tengo ganas. Cuando estemos todos hay que hacer una de esas noches de “compañeros de piso locos” ¿eh? Las echo de menos.

Bueno, me voy despidiendo ya que sino me enrollo demasiado y seguro que te acabas aburriendo. Un beso muy fuerte y que el viaje de vuelta se te haga corto.

Ethan.”

Antes de enviar el correo, lo lee atentamente para ver si se ha equivocado en alguna palabra o hay alguna expresión mal escrita. Contento con lo escrito le pulsa al botón enviar. Enviado.
Cierra el portátil y se reclina en la silla. Sí… la verdad es que echa mucho de menos a Allison.

Nicole. 2 de Julio. Al atardecer. Madrid.

Mira de nuevo el móvil. Nada. Ethan no le ha contestado al mensaje que le ha enviado diciéndole que no iba a ir a comer. ¡Pues ya podía haberlo hecho! Así, por lo menos, ella se hubiera quedado más tranquila.

Pasea tranquilamente por el centro de Madrid y llega a la Puerta del Sol. Ella siempre la ha visto por la televisión, el día de nochevieja, cuando dan las campanadas. Pero ahora la ve mucho más grande, monumental. Está llena de gente haciéndose fotos en el kilómetro 0. Es el punto central desde el que se empezó a construir el entramado de carreteras nacionales. Lo sabe porque lo ha leído millones de veces en revistas y demás libros. No puede contenerse y pone sus pies encima de la baldosa que representa el kilómetro 0. Se mira los pies y sonríe. Le hace gracia. Parece una guiri más.

La plaza está empezando a llenarse de gente. Se pone sus gafas de sol Carrera en los ojos y sale de allí con paso decidido. El Palacio Real está bastante cerca y quiere ir a visitarlo. Le han comentado que en la parte posterior del palacio, están los jardines de Sabatini y el Campo de Moro. Mira el reloj. Son casi las seis de la tarde. Seguro que la cola para poder visitarlo es interminable. No se detiene en nada más y se dirige hacia el Palacio Real.

Cuando llega se queda enfrente del monumento. Es bellísimo. Perfecto. Un chico con una cámara de fotos profesional se sitúa al lado de ella. Nikkie gira la cabeza y le mira. El chico hace lo mismo y le sonríe.

– ¿Es muy bonito, verdad? – le dice aquel chico.
– Sí. Es precioso. – contesta ella educadamente.
– Creo que voy a hacerle una foto. – el chico se pone la cámara en uno de sus ojos y enfoca el edificio. Acerca y aleja una y otra vez el objetivo. Clic. Hace la foto. – Ya está. ¿Estás aquí de visita?
– No. Más bien estoy aquí para quedarme. – ella sonríe. ¡Que atrevido aquel chico! – ¿Y tú?
– Algo así. – deja caer la cámara que se queda colgada del cuello de aquel chico tan resuelto. – Encantado de conocerte. – le tiende la mano.
– Igualmente. – Nikkie se la estrecha amablemente. Siente un cálido contacto.
– Espero que nos volvamos a encontrar algún día. Hasta luego.

Aquel desconocido, sin decir nada más, se aleja con las manos en los bolsillos. Nikkie se queda mirándolo. Ha sido una conversación algo extraña, pero le ha gustado. Y cuando le ha tendido la mano ha notado algo muy raro que no puede explicar. ¿Se volverán a ver? Quién sabe. El destino es muy caprichoso.

Ian. 2 de Julio. Al atardecer. Barcelona.

Su familia sigue en casa. La pequeña Carolina canta y ríe en el salón mientras todos están atentos de ella. Disfruta como nunca.
Ian, sin que se de cuenta su hermana pequeña, sale de allí y va hacia su habitación. Pero Helen si que lo ha visto y le sigue sin que él lo note. Ian entra en su cuarto y cuando va a cerrar la puerta aparece Helen. El chico no se lo espera y se asusta. Ella suelta una carcajada y entra en la habitación cerrando la puerta sin hacer ruido.

– ¿Vas a por el regalo de Carol? – pregunta la chica. Él asiente con la cabeza. Abre la puerta de su armario y saca el paquete envuelto. – ¿Es la barbie que ella quería?
– Por supuesto. – responde él cerrando la puerta del armario. – Estuve varios días buscándola por un montón de sitios. Estaba agotada. Me ha costado encontrarla.
– Le va a encantar. – Helen sonríe. – Se va a poner a saltar como una loca.
– Eso espero. – el chico se le queda mirando. Sabe que su hermana mediana está allí para algo más que para hablar del regalo de Carol. Espera a que sea ella quien dé el paso.
– Oye Ian… – empieza diciendo. Ian sonríe satisfecho. Lo sabía. – Podrías convencer a la mamá de que me dejara ir algunos días a Madrid contigo. Tengo muchas ganas de ir.
– Ay Helen… No te preocupes que ya la convenceré. Pero ahora no es el momento. Quizá más adelante.
– ¿Cuándo? – dice ella poniendo morros. – Es verano. ¿Qué mejor que ahora?
– Cuando llegue a Madrid y me instale de nuevo, ya hablaré con ella. Ya verás como te deja. Pero, por favor, no se lo digas más, porque al final acabará diciéndote un “no” que será definitivo. Y ahí no tendremos nada que hacer.
– De acuerdo. Te haré caso, aunque sea por primera vez. – los dos hermanos carcajean.

Vuelven a abrir la puerta sin hacer mucho ruido y juntos se dirigen al salón. La niña sigue cantando y saltando contenta. Al ver que entra su hermano con un paquete entre las manos, para de golpe lo que está haciendo y va hacia él corriendo con una sonrisa en la boca.

– ¿Es para mí? – pregunta ilusionada.
– No sé… estaba en mi habitación pero pone Carol, así que tiene que ser para ti.

Ian le da el regalo y la niña empieza a romper el papel nerviosa. Espera que sea esa muñeca que tanto quiere. Cuando ve que es lo que deseaba, pega un salto y se agarra al cuello de su hermano. Ian la coge y la abraza. Siente que ella es feliz. Él también lo es.

Allison. 2 de Julio. Al atardecer. Londres.

Después de la ducha relajante que se ha dado, ha estado toda la tarde leyendo un libro que hace poco se compró. Trata sobre una chica que se enamora del chico equivocado. Pero ella no se da cuenta hasta que él le pone los cuernos. Típica novela romántica. O bueno… no tan romántica. Y la verdad, es que aquella historia le suena demasiado. Refleja casi a la perfección su vida.

Deja de leer y mira a Will que se encuentra en la mesa de su despacho. Desde el salón, ella puede ver como él escribe sin parar en su portátil. “Cosas del trabajo” piensa. O quiere pensar. Hace varios días que Will está un poco raro. Bueno, unos días no, más concretamente desde que llegó a Londres. Dentro de un par de días volvería a Madrid y todo sería diferente. Tenía ganas de perderlo algún tiempo de vista, y eso que le quiere, pero tiene que aclarar sus sentimientos. Piensa que le está poniendo los cuernos con otra. No es normal que salga día sí, día también y que huela a perfume de mujer. Suspira. Todo esto le viene grande.

Se levanta del sofá en el que está sentada y se dirige hacia él. Will no hace ningún movimiento extraño. Sigue escribiendo como si nada. Ella se coloca detrás y pone sus manos en su duro torso.

– ¿Qué haces? – pregunta con voz sensual a la vez que mueve sus manos por su cuerpo.
– Trabajando. – contesta Will de forma seca.
– Ya… – dice ella que baja las manos un poco más y se topa con el botón de su pantalón vaquero. – Y… ¿no puedes hacer un descansito?
– No puedo, Allison. – Will le aparta bruscamente la mano de ella y sigue escribiendo sin prestarle más atención.
– Que te den.

Se aparta de él y se va a la habitación donde tiene el portátil. Lo enciende. Pasa de leer más. No quiere ponerse en el papel de la protagonista. Ya tiene suficiente con su vida.

Abre el correo y ve un e-mail de alguien que hace que sonría de oreja a oreja.

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Capítulo 6

Allison. 2 de Julio. Al mediodía. Londres.

Es la hora de comer y Will todavía sigue durmiendo como un tronco en la cama. Allison se desespera. En un par de días volverá a Madrid y quiere pasar todo el tiempo posible con su novio. Pero al parecer, esas no son las ideas de él. Will prefiere salir de fiesta con sus amigos y pasarse el resto de día durmiendo. Suspira. Son muy diferentes. Demasiado. Pero le quiere, y no puede remediarlo.

Apaga el fuego y coge un plato del armario. Se echa un poco de aquellos fideos que tanto le gustan a Will. A ella también le gustan, pero más bien los hace por él. Además, cuando se levante de la cama solo tendrá ganas de tomar algo caliente, reparador, para que se le pase lo antes posible la resaca. Porque está segura de que la tendrá.

Se sienta en la mesa, sola. Se echa un poco de agua en un vaso y bebe un sorbo. Está fría, pero lo agradece. Coge la cuchara, y después de coger un poco de caldo, se lo mete en la boca. ¡Qué rico le ha salido! Hacía tiempo que no lo salía tan bueno. Sonríe. Poco a poco está empezando a cocinar bien. Recuerda cuando llegó a Madrid a compartir piso con Ethan e Ian. No tenía ni idea de cocinar, pero Ethan le enseñó algunas de sus recetas. De hecho, fue él el que le enseñó a hacer el caldo para hacer fideos. Tiene ganas de verlo. Recuerda su preciosa mirada. Esos ojos verdes tan intensos, tan bonitos… Suspira. Ethan, desde siempre, le ha parecido muy guapo. Pero menos que Will… ¿o quizá no?

Will aparece en ese momento en la cocina. Allison sale de sus pensamientos y lo mira. Tiene una cara horrible. Está blanco, tiene ojeras y los ojos no la miran fijamente. Ella baja la mirada. Él se acerca y le da un beso en la mejilla.

–   Huele muy bien, cariño. – le dice Will mientras se pone un plato de fideos. Se sienta enfrente de Allison y la mira.

–   Sí. – dice ella. – Están muy buenos. – él los prueba.

–   La verdad es que están riquísimos.

Empieza a comer pero sabe que pronto Allison comenzará a hacerle el típico interrogatorio que siempre le hace. Pero esta vez se equivoca. Allison no dice nada. Come en silencio y sin apenas mirarle. No quiere hablar con él. No tiene nada que preguntarle porque sabe lo que le va a contestar.

–   ¿No me vas a decir nada? – pregunta Will extrañado.

–   ¿Qué quieres que te diga? – responde Allison secamente. Hay tensión en el ambiente.

–   No sé… normalmente me haces un interrogatorio post-fiesta. En cambio hoy…

–   En cambio hoy no te lo voy a hacer. Estoy cansada de que siempre me digas lo mismo: solo nos fuimos algunos colegas de trabajo a tomar algo. La noche se alargó y acabamos en una discoteca de fiesta. Ya me sé esa historia de memoria, Will. No quiero volver a oírla más.

–   Pero es que fue eso lo que pasó. – se defiende el chico.

–   Por eso mismo. Te creo. – miente la chica. Él olía a perfume de mujer. Y no era el suyo. – No quiero hablar más del tema.

Allison se levanta de la silla y recoge su plato que está medio lleno. Tira los restos a la basura. Se le ha quitado el hambre. En el piso con sus amigos no tenía que preocuparse de cosas como éstas.

 

Will. 2 de Julio. Al mediodía. Londres.

Ve como Allison se mete al cuarto de baño. Va a darse una ducha, cosa que él tiene que hacer también. Se toca el pelo. Le huele a humo, a bar. Se huele un poco la piel y abre los ojos. Le huele a aquel perfume que recuerda perfectamente.

Después de la cena, sus amigos le insistieron en que se fueran a algún bar a tomar algo. Él no pudo negarse. Ya iba algo tocado de la cena y tenía ganas de fiesta. Enseguida le vino a la mente Allison. Estaba sola en casa, esperándole. Pero él ya le dijo que llegaría tarde. Sonríe y se va con sus amigos al bar que suelen frecuentar de vez en cuando.

Allí, los cubatas no cesan de aparecer. Todavía no se ha bebido el último y sus amigos ya le están pidiendo otro. Muchos de ellos son solteros, aunque alguno que otro está casado y tienen hasta hijos pequeños.

El alcohol le va haciendo efecto. Pero no solo a él, sino también a todos los demás. Ve como uno de sus amigos casados empieza a tontear con una chica morena bastante mona. Él intenta advertirle de que está jugando con juego, pero él no le hace caso y sigue hablando y ligando con aquella chica. Will pasa de esa escena y se sienta en la barra. La camarera, que se ha fijado en él algún que otro día, se coloca enfrente.

–   Hola guapo. ¿Te pongo algo más? – Will levanta la cabeza y la ve. Es rubia. Muy guapa. Su cara le suena. Quizá de alguna otra vez. Lleva un escote bastante pronunciado que no deja nada a la imaginación.

–   No, gracias. – contesta él mientras mira su cubata aún lleno.

–   Cuando te lo bebas, avísame. El siguiente corre por mi cuenta.

–   ¿Y eso? – pregunta Will extrañado. O se lo parece o aquella camarera está ligando con él.

–   ¿No puedo invitarte a una copa? – la chica se apoya en la barra. Will no puede remediarlo y desvía sus ojos hacia su escote. Ella se da cuenta y sonríe satisfecha. Por lo menos, ha llamado su atención.

–   Cla, claro. – tartamudea.

–   Por cierto, soy Stephanie, aunque todo el mundo me llama Fanny. – él le estrecha la mano pero ella se acerca más a él y le planta dos besos, uno en cada mejilla.

–   Yo soy Will. – se queda mudo. No sabe que decir. La verdad es que aquella camarera le atrae mucho. Pero le viene a la mente Allison. Su Allison.

–   Salgo sobre las cuatro de trabajar. Si quieres… – empieza diciendo la chica. – podemos ir a tomar algo.

Will se queda sin palabras. No sabe que contestarle. Le apetece mucho quedar con ella, pero Allison… La chica espera ansiosa su respuesta. Tiene que darle una contestación. Ya.

–   De acuerdo. – le dije Will. La chica sonríe contenta. Él también sonríe.

–   Genial. Entonces… luego nos vemos.

Fanny le da un beso en la mejilla y se marcha de allí moviendo las caderas de un lado para el otro. Él la mira de arriba abajo. ¡Es muy sexy! ¿Por qué le pasa eso a él? Tiene novia, y la quiere. No puede serle infiel, aunque… alguna que otra vez ya lo ha hecho y ella no se ha enterado. Pero ahora quiere tener una relación seria, normal, como cualquier otra persona.

Mira a su amigo casado. Sigue con la chica morena cerca de una de las columnas del pub. Pero ahora no están hablando. Él le besa apasionadamente mientras una de sus manos de desliza por el glúteo de la chica. Ella se deja hacer. Suspira. Si su amigo casado puede… ¿por qué él no?

Las cuatro de la madrugada llegan antes de que se dé cuenta. Se le ha pasado el tiempo volando. El pub empieza a vaciarse. Algunos de sus amigos ya se han ido. Se levanta de la silla y todo empieza a darle vueltas. Ha bebido demasiado, aunque siempre bebe demasiado.

Sale del pub y se apoya en la pared de éste. Saca el paquete de tabaco de uno de sus bolsillos y se enciende un cigarro. Le pega una calada y tira el humo. Le relaja.

Oye la puerta abrirse. Mira hacia ésta y la ve. Sigue llevando ese escote que le vuelve loco. La mira descaradamente. Tiene un cuerpo estupendo. Dejaría a cualquier chico sin respiración. Ella lo ve y se acerca sonriéndole. Se pone enfrente de él, y cogiéndole la cara con sus dos manos, le besa dulcemente en la boca. Will no hace nada para remediarlo. Deseaba aquel beso, ¿por qué engañarse?

–   ¿Nos vamos, Will? – dice la chica con una pícara sonrisa en sus labios.

–   Por supuesto, Fanny. – le pega la última calada a su cigarro y lo tira. – Vámonos.

 

Capítulo 5

Ethan. 2 de Julio. Al mediodía. Madrid.
¡Como le duele la cabeza! Por no hablar del estómago. Lo tiene revuelto. La noche anterior había sido movidita, aunque no recuerda mucho.

Empieza a pensar y pronto le viene a la cabeza la chica de la noche anterior. No recuerda su nombre. Ni falta que hace porque no la va a volver a ver más. Pero si recuerda como le hizo el amor.

En cuanto llegaron a la casa de la chica, ella le tumbó en su cama mientras, poco a poco, se iba quitando la ropa. Primero, la camisa blanca que llevaba. Dejó al descubierto un bonito sujetador de encaje que realzaba sus senos. Después, la falda negra de tubo. Él, mientras tanto, le miraba deseoso de que acabara de desnudarse a la vez que se ponía el preservativo en su miembro erecto. Ella se sentó encima de él y empezó a desnudarle. Ethan se dejaba hacer. Le gustaba que fueran las mujeres las que le manejaran. Ella se quitó el sujetador mientras ponía sus duros y firmes pechos en su cara. Él empezó a besarlos, mientras le pasaba su húmeda lengua por sus turgentes pezones. La chica se quitó el tanga y Ethan la penetró con fuerza. Tenía ganas de hacer el amor con aquella chica que no recordaba el nombre. Ella no paraba de jadear mientras él la penetraba cada vez más y más fuerte…

Sale de su recuerdo y vuelve a la realidad. Mira su miembro y ve que está erecto. Se había excitado solo de volver a vivir en su imaginación aquel momento. Suspira. No se acuerda del nombre de la chica, pero aquella noche no la olvidará jamás.

Nicole. 2 de Julio. Al mediodía. Madrid.

Camina con paso decidido mientras no para de mirar para un lado y para el otro. Aquella ciudad es desconocida para ella. Ve a gente pasar pero no se fija en sus caras. Simplemente ve cantidad de gente. Ella no está acostumbrada a todo aquel bullicio.

Pasa por el parque del Retiro y no puede remediar entrar. Es una zona verde en el centro de Madrid. Pasea tranquila, sin preocupaciones, disfrutando del paisaje. En el césped, ve algunas parejas mostrándose su amor: caricias, besos y más caricias. Nikkie sonríe para sus adentros. El amor. ¡Qué bonito es! A ella también le gustaría enamorarse y sentir todas aquellas emociones. Solo recuerda una vez en la que sintió algo parecido. Fue a los quince años. Se coló por un chico de su instituto, un par de años más mayor que ella. Era moreno, ojos verdes, bastante alto. Uno de los chicos más populares. Recuerda que se llamaba Pablo. No consiguió que él se fijara en ella así que optó por pasar de él. Poco a poco se fue olvidando de ese tal Pablo.

Sigue andando. Respira profundamente. El aire es limpio. Ella lo nota en sus pulmones. Los árboles renuevan el oxígeno del ambiente.

Llega al estanque que hay en el parque y se siente en uno de los bancos. Saca el móvil que lleva en el bolso. Casi es la hora de comer. Piensa en llamar a Ethan para decirle que no irá a comer. Irá a por algo a un bar e ir allí a pasar la tarde. Le gusta aquel parque y su amiente. Pero lo piensa mejor y prefiere mandarle un mensaje, por si aún está durmiendo. Empieza a redactar. Lee el mensaje un par de veces. Lo ve bien. Enviar. Mensaje enviado. Guarda el móvil en el bolso y sigue mirando el estanque que está lleno de niños jugando bajo la atenta mirada de sus padres.

Ian. 2 de Julio. Al mediodía. Barcelona.
Cumpleaños feliz. Cumpleaños feliz. Te deseamos todos. Cumpleaños feliz. La niña pequeña se pone de puntillas para poder llegar a la tarta. Sopla con todas sus fuerzas y apaga las cinco velas que hay encendidas. Toda la familia empieza a aplaudir con fuerza. Se sonroja, pero le gusta que todos estén atentos a ella. Le encanta que llegue su cumpleaños. Le regalan muchas cosas bonitas.

Ian se acerca a ella y le da un beso en la mejilla. La niña le abraza con fuerza y le dice un “te quiero, hermanito” que hace que Ian la abrace con más fuerza.
– ¿Dónde está mi regalo? – le pregunta la niña con una sonrisa pícara mientras su madre aparta la tarta y empieza a cortarla en trozos.
– Sabes que no te lo he podido comprar. – miente. Le compró el regalo hacía más de dos semanas. Su hermana soñaba con una barbie bailarina. Él se pasó días buscándola por las tiendas de juguetes de toda la ciudad hasta encontrarla.
– Pues vaya. Yo pensaba que me estabas mintiendo… – la niña pone morritos y cruza los brazos. Quiere demostrarle a su hermano que está enfadada. Muy enfadada.

Ian ayuda a su madre a cortar la tarta. Ella le mira y sonríe. Él sabe que ella está encantada de que esté allí, con toda la familia, en un día tan marcado como es el cumpleaños de su hermana pequeña. Ha venido adrede desde Madrid a pasar unos días.
– ¿Quién quiere este trozo? – pregunta su madre levantando el plato.
– Mío. – la hermana mediana de Ian coge el plato y se lo coloca en su sitio. Agarra una cuchara y empieza a comer. – Está muy buena.
– Claro. – dice Ian. – Porque la he elegido yo.
– Tú calla. – la chica le saca la lengua. – Por cierto, ¿cuándo me vas a llevar un fin de semana a Madrid? – le hace ojitos a su hermano. Quiere con todas sus fuerzas que le lleva a la capital. Es una ciudad frecuentada por famosos y ella quiere conocerlos a todos.
– Ya sabes que cuando quieras. – ahora es él el que saca la lengua. – O bueno…cuando te deje mamá.
– Ya sabes que yo no quiero que vayas. – contesta la madre.
– ¡Mamá! – replica la adolescente. – Ya soy mayorcita.
– ¿Mayorcita? Tan solo tienes dieciséis años.
– Casi diecisiete. – recrimina. En un par de meses es su cumpleaños.
– Bueno…ya hablaremos Helen, que ahora no es momento. – se cruza de brazos y pone morritos, como minutos antes había hecho de forma idéntica su hermana pequeña.

Capítulo 4

Ethan. 1 de Julio. Al anochecer. Madrid.

Se levanta del sofá y va hacia su habitación a cambiarse de ropa. Ha quedado en una hora y todavía no se ha peinado. Se pone unos vaqueros y una camisa. Formal pero informal, como a él le gusta. Ha quedado con algunos de sus compañeros de trabajo para ir a cenar y tomarse algo.

Sale de la habitación y se dirige al baño a peinarse, aunque aún le dura el pelo de esa misma mañana. Se lo arregla y se lava los dientes. Sonríe al espejo, como suele hacer normalmente antes de salir a cualquier sitio. Si. Así va bien.

Está a punto de irse cuando recuerda que en la habitación está Nikkie. Tiene que avisarla, por si acaso sale y no ve a nadie. Tiene que acostumbrarse a que no está solo en casa. Piensa en escribirle una nota diciéndole que se va, pero lo piensa mejor y decide entrar a su cuarto y avisarla.

Llama a la puerta y espera obtener contestación. Nikkie, desde dentro, contesta con un tímido “adelante”. Ethan entra. Ella está en el escritorio, enfrente de su portátil de color rosa. Le pega. Es muy de chicas. Observa que en una de sus orejas lleva un auricular. Puede oír, a lo lejos, que está escuchando música, pero no distingue de qué tipo es.

–    ¿Qué pasa? – le pregunta ella al ver que él no dice nada mientras se quita uno de los auriculares.
–    Vengo para avisarte que me voy de cena con unos compañeros de trabajo. No sé cuando volveré. Para que lo supieras.
–    ¡Ah! – dice la chica. – Muy bien. Diviértete.
–    Gracias. – le sonríe. – Te voy a dejar mi número de móvil en la cocina, por si pasa algo, que puedas localizarme.
–    Perfecto Ethan. Estás en todo.
–    Lo intento. – le guiña un ojo. – Hasta luego, Nikkie.
–    Adiós.

Cierra la puerta de la habitación de Nicole y se va hacia la puerta de la entrada. Comprueba que en uno de sus bolsillos está el móvil, las llaves y la cartera. Sale de la casa sin no antes haberle escrito a Nikkie su número, como le había prometido.

Llega a la calle y abre la puerta del coche con el mando a distancia. Se sube en su Audi TT negro y se acomoda en el asiento. Le da a uno de los botones cerca del volante y la capota empieza a recogerse. Enseguida, el coche se hace descapotable. Mete la llave en el contacto y arranca. En tan solo unos segundos, el coche está en marcha dirigiéndose hasta el restaurante acordado.

Aparca el coche y entra en el restaurante decidido, seguro de sí mismo. En la mesa ya están la mayoría de sus compañeros. Saluda con la mano a todos y se sienta en una de las sillas vacías. Todos sus compañeros ríen a la vez que conversan tranquilamente. Es una cena entre amigos, sin malos rollos.

Después de la cena deciden ir a un conocido pub en el que solo entra la gente más famosa de la ciudad. Allí ya los conocen y les dejan entrar sin poner ningún impedimento.

Dentro, las copas parece que las regalen porque no paran de pedir una, y otra, y otra… Sobre la cuarta, Ethan empieza a perder el control de su cuerpo por lo que decide no beber más durante la noche. Pero en ese momento, una chica muy guapa se le acerca y empieza a flirtear con él. Ethan no pone impedimento y se deja seducir. Le gusta que coqueteen con él, y que sean ellas las que lleven el control de la situación. Hablan y hablan, y entre esas palabras surgen besos y más besos. Apasionados. Con ganas. Con deseo.
Ella le sugiere ir a su casa y él no se niega. La llevaría a su casa, pero pronto recuerda que ya no vive solo. Que hay una preciosa chica en su piso conviviendo con él. Si, la verdad es que Nikkie es muy guapa. Y tiene un cuerpazo.

Baja de las nubes y vuelve a la realidad. El ligue de esa noche sigue delante de él. La acompaña hasta su coche y juntos se van en el Audi TT negro listos para vivir una noche de pasión, deseo y sexo. Mucho sexo.

Nicole. 2 de Julio. Al amanecer. Madrid.
Abre los ojos y ve como un rayo de sol se cuela entre la persiana, atraviesa el cristal y le da directamente en los ojos. Intenta taparse con la mano, pero no da resultado. El sol le sigue molestando. Se da la vuelta. Nada. Ya se ha desvelado. Mira a la ventana. Por la luz que hay ya debe ser por la mañana. Quizá las ocho. O las nueve. Mira el reloj que tiene en la mesita y sale de dudas. Son las nueve y media de la mañana. Se hace el ánimo y se levanta de la cama.

Casi sin ver por dónde va, abre la puerta de su habitación y se va directa al baño. Quiere lavarse la cara, a ver si así se despeja un poco. Para no mojarse el pelo, se lo recoge en un moño. Se mira al espejo. No tiene buena cara, pero las has tenido peores, así que se conforma. Se lava los dientes y sale hacia el comedor.

Abre la nevera y coge el cartón de leche. Lo echa en un vaso limpio cogido del armario. No sabe a qué hora ha llegado Ethan. No ha oído la puerta en toda la noche. “Eso es que he dormido bien” piensa. Pero en ese momento alguien abre la puerta de la casa. Ella se asusta y pega un pequeño salto, pero pronto se da cuenta de que es su compañero de piso.

–    Buenos días, fiestero. – le dice mientras le da un sorbo a su vaso de leche.
–    Hola. – Ethan lleva unas gafas de sol. Se las quita. La chica puede ver sus ojos enrojecidos. Duda que haya dormido.
–    ¡Vaya! Menudos ojos llevas. ¿La noche bien? – deja el vaso en la pila, para lavar.
–    Perfecta. – le sonríe. – Pero me voy a dormir. Estoy muy cansado.
–    Lo comprendo. Buenas noches, Ethan.

Él le hace un gesto con la mano y se dirige hacia su habitación. Entra dentro y cierra la puerta. Nicole suspira. ¡Qué suerte tiene! Ella también hubiera salido la noche anterior. Aunque pensándolo bien, estaba muy cansada. Le ha sentado bien quedarse en casa durmiendo y descansando. El verano tiene demasiadas noches, y tendrá muchas ocasiones para salir de fiesta.

Vuelve a su habitación y se viste. Hace un buen día y decide salir a dar un paseo. Sola. Tiene un poco de miedo por si se pierde en la nueva ciudad. Pero ella es valiente y decidida. Coge todas sus cosas y las mete en un bolso. Se lo cuelga del hombro y sale de la habitación. Ethan seguro que está ya durmiendo. Normal. Ha venido cansado y con los ojos rojos. Apostaría a que aún iba un poco bebido. ¡Menuda fiesta se metería! Coge su juego de llaves que está en la entrada y sale de la casa dispuesta a visitar todos los lugares turísticos de la ciudad.

Allison. 2 de Julio. Al amanecer. Londres.
Adormecida, Allison se levanta de la cama y se dirige a la cocina a prepararse un café. Cargado. Muy cargado. Lo necesita. No ha podido pegar ojo en toda la noche. Y todo por culpa de Will. Ha estado esperándolo y él no ha aparecido.

Prepara la cafetera y se sienta en una de las sillas de la cocina. Se refriega los ojos con las manos. Debe tener una cara horrible. Ojeras hasta el suelo. No quiere mirarse al espejo. Sabe que se asustaría. Ese Will… le lleva por la calle de la amargura. Pero le quiere, y cuando el amor está por delante…

Empieza a salir el café. Allison se levanta y retira, rápidamente, la cafetera del fuego. Se echa en un vaso un poco de café y lo acompaña con algo de leche. Un poco de azúcar endulza el amargor de aquel café. Le pega un sorbo pequeño.  Quema. Quema mucho. Sopla un poco para enfriarlo y bebe otro sorbo. Aún está un poco caliente, pero le gusta así.

Oye como abren la puerta de la calle. La chica se pone de pie y va hacia donde proviene el ruido. Allí está Will, despeinado, con la corbata en la cabeza y la camisa arrugada. Ve que el cinturón lo lleva desabrochado. A saber que ha estado haciendo esa noche.

Allison suspira. Tiene  ganas de chillarle, de dejarle las cosas claras e irse de allí y no verle nunca más. Pero no puede. Quiere demasiado a ese chico.

Sin decir nada, le quita la corbata de la cabeza y lo acompaña hasta la habitación donde le ayuda a desvestirse. Él se queda en calzoncillos. ¡Menudo cuerpo tiene su novio! Por no hablar de su culo. Respingón, como a ella le gusta. Es perfecto. Le encanta. Pero le tiene harta. Muy harta. Noche si, noche también se va de parranda con sus amigos. Y ella tiene que aguantarlo cuando viene bebido más de la cuenta.

Le empuja con delicadeza y el chico se tumba en la cama. Allison recoge la ropa sucia de Will y se la cuelga en el brazo para echarla en el cesto de la ropa sucia. Él yace durmiendo en la cama. ¡Sí que es rápido! Allison suspira de nuevo. Si. Ese chico la va a volver loca.

Capítulo 3

Allison. 1 de Julio. Al atardecer. Londres.

Camina tranquilamente por Oxford Street mientras se para, de vez en cuando, en las tiendas más famosas para poder mirar sus escaparates. Es una apasionada de las tiendas y de la moda. Siempre que puede se va de compras, ya que para ella, el dinero, no es un impedimento. Está muy bien situada económicamente, y su trabajo se lo permite. Y compra, y compra, y compra sin miramiento alguno. Sabe perfectamente que es una enfermedad, pero ella no se considera enferma. Ni mucho menos. Cuando quiere para… a veces.

Se para enfrente el escaparate de Zara y ve unos shorts vaqueros que la hacen enloquecer. Pero no, no puede hacerlo. Ayer mismo se fue de compras y cargó bastante. Pero es que esos pantalones la vuelven loca. ¿O sí que puede? Sin pensárselo más tiempo, entra en la tienda y se hace con ellos.

Sale contenta, con su bolsa de Zara en la mano. Se dispone a coger un taxi que la lleva directa a su casa. Bueno, más bien a casa de Will. Para al primer taxi que ve por la calle y se sube en él. Le dice la dirección, el taxista asiente y la lleva hasta su destino. Suspira. Son sus últimos días en Londres. Pronto cogerá un avión y volverá a su querida ciudad. La echa mucho de menos: el clima, el ambiente, sus amigos, sus compañeros de piso… En ese momento recuerda que Ethan le dijo que iban a tener a una nueva inquilina en la casa. Pues vaya. Con lo bien que está ella con Ethan e Ian. Solos para ella. Atentos de ella. Cuidando de ella.

Vuelve a suspirar. Cierra los ojos y los vuelve a abrir. Cuando se quiere dar cuenta ha llegado a su destino. Le paga al taxista lo que le pide y se baja del coche con la bolsa de Zara en la mano. Saca la llave del bolso y abre la puerta que separa el exterior del interior. Cierra la puerta a sus espaldas y deja la llave en un recipiente puesto adrede para ello. “Hello sweety” dice en voz alta esperando contestación, pero eso no ocurre.

Pasa al comedor y no ve a nadie. Decide subir a la habitación a guardar el nuevo pantalón que se ha comprado. No quiere que Will lo vea, sino le echaría de nuevo una bronca. No quiere que compre por comprar. Pero ella era así, y no iba a cambiar por nadie, y menos por un chico.

Se descalza y se pone las zapatillas de estar por casa. Mira el reloj que lleva en su muñeca izquierda. Es casi la hora de cenar. Más vale que vaya preparando algo. Baja sin detenerse a la cocina y abre la nevera. Decide hacer una ensalada variada acompañada de un poco de pechuga de pollo. Le encanta cuidarse. Pero en cambio Will…Will es otra historia. Él prefiere la comida rápida y grasienta, pero sin embargo, no está gordo. Todo lo contrario. Tiene un cuerpo, para ella, perfecto. Pero claro, su esfuerzo le cuesta. Siempre que puede está en el gimnasio.

Prepara la mesa para dos. Pero en ese momento, llaman al teléfono. Allison corre hasta él y  logra cogerlo en el tercer tono.

–   ¿Sí? – pregunta.

–   Allison, cariño, soy Will.

–   Dime. – dice poniendo los ojos en blanco sabiendo lo que iba a decir segundos después.

–   Esta noche no voy a poder ir a cenar a casa. Tengo mucho trabajo y el jefe me obliga a quedarme. Además, luego nos invita a cenar y ya sabes que no puedo faltar, sino nunca me lo perdonaría.

–   La que no te lo va a perdonar nunca voy a ser yo. Sabes que en un par de días me vuelvo a Madrid y quiero pasar el mayor tiempo posible contigo.

–   Lo sé, lo sé mi vida, pero no puedo negarme. El jefe me mataría.

–   Está bien. – cede Allison. No le queda otra. – ¿Te espero levantada?

–   No. Duérmete cuando quieras porque no sé a qué hora llegaré.

–   Vale. – dice agachando la cabeza. – Luego te veo.

–   Un beso mi vida. – le oye decir al otro lado del teléfono a Will. Pero ella no le contesta y cuelga el teléfono.

Siempre igual. Siempre la misma historia. Ya está harta. Otra noche más que tenía que cenar sola. Y no solo eso, encima tenía que dormir sola, porque sabía perfectamente lo que acarreaba ese tipo de cenas: comida, bebida y chicas guapas por todos lados. Suspira. Ella confía en Will, pero en el fondo de su corazón tiene una pequeña duda. ¿Será capaz de liarse con otra chica estando con ella? No quiere pensar en eso y  empieza a cenar, aunque a penas prueba bocado, y eso que la ensalada la ha hecho a su gusto.

Friega los pocos platos que ha ensuciado y se sienta en el sofá esperando a que empiece una película que sea de su agrado. Después de cambiar varias veces de canal, encuentra una película muy típica pero a la vez bonita: “The Notebook” o más conocida como “El diario de Noa”. No se lo piensa dos veces y se levanta del sofá. Rebusca en el congelador y encuentra una tarrina entera de stracciatella, su favorita: nata con trocitos de chocolate. Coge una cuchara sopera y vuelve al sillón.

Abre la tarrina y mete la cuchara dentro. Coge un poco y se lo mete en la boca. Lo saborea. Los trocitos de chocolate se deshacen en su boca. Placer. Mucho placer. Dicen que el chocolate es un buen sustitutivo del sexo. Ella no lo sabe, pero más vale que las malas lenguas tuvieran razón porque aquella noche iba a estar muy sola.

Capítulo 2

Nicole. 1 de Julio. Mediodía. Madrid.

Nikkie entra a lo que va a ser, durante todo el verano, su nueva habitación. Está eufórica. Aún no se cree que esté allí, compartiendo piso con  una persona que no conoce de nada. Y no será la única. Ethan le dijo que había dos compañeros más de piso, pero ella no sabe si son chicos o chicas.

Mira de nuevo la habitación. No era muy grande, pero tampoco pequeña. Tenía una cama, un armario bastante grande que le vendría muy bien para guardar todas sus cosas, una cómoda con un espejo, un escritorio donde pondría su portátil y poco más. Estaba bastante completa. No tenía queja de su habitación.

Ethan entra en su habitación acompañado de sus dos maletas, la mochila y el bolso.  Enseguida la chica le ayuda. Deja las maletas apartadas, al lado de la cama, y la mochila y el bolso sobre ella.

–   ¿Te gusta la habitación? No es muy grande, pero creo que está bastante bien.

–   Sí, es perfecta. Tiene de todo. Está muy bien. – le sonríe. Ethan le corresponde. Tiene una sonrisa preciosa. Y esa barbita de dos o tres días le da su punto.

–   Bueno, pues te dejo para que te vayas acomodando y arregles todas tus cosas, que creo que tendrás ganas de sacar las cosas de la maleta.

–   Si, la verdad es que sí.

–   Si quieres algo, yo estaré en la cocina preparando la comida. Hoy eres como la invitada, así que la comida corre a mi cargo.

–   Muchas gracias, Ethan. – él le guiña un ojo y sale de la habitación cerrando la puerta a su espalda.

Nikkie tumba las maletas en el suelo y empieza a sacar ropa, ropa y más ropa. Abre el armario. ¡Vaya, si hasta tiene perchas y todo! Coloca todo en perchas, cajones y demás. Quiere dejarlo todo más o menos arreglado. Le da mucha pereza tener que ordenar las cosas, pero es lo que le toca hacer en ese instante.

En ese momento, recuerda que no ha llamado a sus padres. Seguro que estaban preocupados. Busca en el bolso el móvil, lo coge y marca el número de su casa. Un tono. Dos tonos. Al tercero, su madre contesta.

–   Hola, mi amor. ¿Qué tal el viaje? ¿Has llegado bien? ¿Has tenido algún problema para encontrar el piso? ¿Está bien la casa? ¿El chico es majo?

–   Mamá. – su madre se calla de inmediato. – Si te callas un momento, te lo cuento todo.

–   ¡Ay cariño! Lo siento. Es la costumbre. Ya sabes que a mí me gusta saberlo todo.

–   Lo sé. Por eso, si te interesa saberlo, déjame que te lo cuente.

–   Está bien. Te escucho.

–   Todo muy bien. El viaje genial, sin ningún problema. El tren ha llegado sin retraso. He encontrado el piso enseguida porque el chico me lo indicó muy bien. La casa es estupenda. Es bastante grande y mi cuarto está genial. Tiene de todo. Y el chico…bueno, que te voy a contar de él. – iba a gastarle una pequeña broma. Se la merecía por no haberle dejado hablar desde un principio. – Es bastante rarillo. Viste de negro, lleva los ojos pintados y su cuarto está todo a oscuras con muchas cosas raras.

–   Ya sabía yo que no era de fiar. Mira que te lo dije: ten cuidado donde te metes, cariño. ¿Pero tú me hiciste caso? No. Te empeñaste en pasar el verano en Madrid y…

–   ¿Mamá? – la chica corta a su madre. Era hora de meter baza. Silencio. – Es mentira. Era una broma que quería gastarte.

–   Pues ya sabes que a mí las bromas no me gustan para nada.

–   Lo sé, pero como no me dejas hablar… Ethan, que es así como se llama mi compañero de piso, es muy majo y un chico de lo más normal. De hecho, ahora mismo me está haciendo la comida para que yo pueda arreglar las cosas.

–   ¡Uy! Mira que majo él. Menos mal, nenita, estaba preocupada por ti. ¿Y los demás? ¿Los conoces ya?

–   No. Aquí solo estamos él y yo. Nadie más. Supongo que vendrán más tarde o quizá mañana.

–   Vale. Pues te dejo que termines  y que vayas a comer, que estarás hambrienta.

–   De acuerdo, mamá. Y no te preocupes, que estoy estupendamente. Un beso. Te quiero.

–   Y yo a ti, hija.

Cuelga el móvil y lo deja encima de la mesita de noche. La verdad es que tiene bastante hambre. ¿Habría terminado Ethan de hacer la comida?

 

Ethan. 1 de Julio. Mediodía. Madrid.

Prueba la salsa. Está buena, pero para su gusto le falta un poco más de sal. Busca el salero por uno de los armarios y le echa un poco en el tomate con carne que está preparando. Los macarrones no son un manjar, pero está seguro que a Nicole le van a encantar. Bueno, a Nikkie. Ella había dicho que así era como sus amigos le llamaban. Y él, tarde o temprano, lo iba a ser. O por lo menos, eso era lo que esperaba.

Junta la salsa y la carne en la cacerola de los macarrones. Remueve mientras calienta un poco la pasta. Siempre le ha gustado cocinar. Con sus 23 años, era todo un manitas en la cocina… y en otras muchas cosas, claro. Remueve un poco más la pasta. Le falta un par de minutos como mucho.

–   Mmm, que bien huele. – Nikkie se ha puesto a su lado y ha acercado su cara a la cacerola. – Macarrones. Me encantan.

–   ¿Enserio? – pregunta Ethan. – Ya sabía yo que con esto no podía fallar. ¿Tienes hambre?

–   Si, bastante. No he comido nada en todo el viaje y mi barriga empieza a rugir. – los dos ríen. – ¿Quieres que vaya poniendo la mesa?

–   Lo que quieras. Esto está casi hecho.

Nikkie rebusca entre los cajones lo necesario para poder poner la mesa. Mientras tanto, él pone en cada plato la ración. Espera que a la chica le gusten sus macarrones. Coloca los platos sobre la mesa. La chica se sienta en una de las sillas. Ethan, enfrente de ella, para poder verla mejor.

–   ¿Te ha gustado el piso? No es que sea muy grande, pero es acogedor. Y los aseos están bastante bien.

–   ¿Qué dices? Me encanta. Me alegro de haber elegido esta casa. La vi por internet y enseguida sabía que era la elegida.

–   Y lo mejor de todo es que la casera es bastante maja y el alquiler no es demasiado elevado. No nos podemos quejar.

–   La verdad es que no. – Nikkie se mete un par de macarrones en la boca. Los saborea. Ethan la observa, pero sin ser demasiado indiscreto. – Están deliciosos. Pareces buen cocinero.

–   No es por echarme flores pero…si. Para que mentir. – los dos ríen. Ethan bebe un trago de agua que Nikkie ha echado, con anterioridad, en su vaso. – Y bueno… ¿ya te has arreglado todo?

–   Sí. Por fin. He terminado de deshacerme la maleta. He preferido hacerlo ahora, porque si lo voy dejando…soy muy vaga para todas estas cosas.

–   Te entiendo a la perfección. Yo soy igual. Es lo malo de viajar.

–   Sí, pero bueno…ya está hecho. Una cosa menos de la que preocuparme.

–   Pues sí. – el chico se parte un poco de pan y se mete un trozo en la boca.

–   Háblame un poco de ti. – dice Nikkie de repente. Ethan levanta la cabeza sorprendido. Le ha pillado un poco de sorpresa.

–   ¿Qué quieres saber de mí? Pregunta.

–   No sé… lo típico: edad, qué haces en Madrid en pleno verano, trabajo…todas esas cosas. Lo normal, vamos. – Nikkie se limpia la boca ya que se la ha manchado de tomate.

–   Está bien. Tengo 23 años y he estudiado comunicación audiovisual. Trabajo en un conocido programa de televisión como cámara. Y ahora tengo unos cuantos días  de vacaciones y aquí estoy, aprovechándolos para descansar.

–   ¡Vaya! Y, ¿cuál es el programa? – pregunta la chica intrigada.

–   No puedo decírtelo o tendría que matarte. – le guiña un ojo. Ella sonríe y agacha la cabeza. – Te toca. ¿Y tú? ¿Qué haces en Madrid?

–   Resulta que he pedido la beca Séneca para estudiar periodismo aquí durante todo el año que viene. Y me he venido antes de hora. Quería conocer la ciudad para cuando llegara la hora de empezar la universidad, estuviera más cómoda y no fuera todo tan de repente.

–   Me gusta. Entonces tu carrera está relacionada con mi trabajo. Pero… ¿me quieres decir que has preferido venirte a Madrid antes que irte con tus amigos de vacaciones? – pregunta Ethan después de haberse tragado los últimos macarrones que quedaban en el plato.

–   Aunque parezca extraño, sí. Necesitaba un cambio de aires ya. Y tenía ganas de conocer la capital de España.

–   ¿Y de dónde vienes? – pregunta intrigado.

–   De Valencia. Y tengo 20 años recién cumplidos. – la chica sonríe pícaramente. – Por si te interesa. – él no sabe que decir, y solo se le ocurre es beber un trago de agua de su vaso. – ¿Y los demás compañeros? Creo recordar que por teléfono me dijiste que habían dos inquilinos más.

–   Sí, estás en lo cierto. Allison vendrá dentro de tres o cuatro días. Está en Londres con su novio, que es de allí. E Ian, creo que todavía tardará una semana, aunque no estoy del todo seguro, porque cambia de padecer cada minuto. Así que estaremos solos varios días. ¿No tendrás miedo, no?

–   A no ser que seas un loco maníaco que quiere violarme y matarme, no. – Nikkie ríe a carcajadas. Ethan la sigue.

Quitan la mesa entre los dos, aunque la chica se empeña en que le toca a ella fregar, ya que no ha hecho la comida. Ethan le deja, aunque no está del todo convencido. Ella viene cansada y tiene que relajarse.

Él se tumba en el sofá mientras ve las noticias. Le encanta estar al corriente de todo lo que pasa en el mundo. Nikkie, desde la cocina, le dice que se va a su habitación a descansar un rato. Está agotada de todo el viaje.

Ve como Nikkie pasa por delante de él. Su perfecto trasero le deja sin habla. Se nota que aquella joven chica se trabaja su cuerpo. Y eso a él le gusta. Y mucho.

Capítulo 1

Nicole. 1 de Julio. Mediodía. Madrid.

Nikkie sabía que sus padres no estaban de acuerdo con lo que ella había elegido. Pero ya estaba hecho y no había vuelta atrás. Arrastra como puede sus maletas. ¡Como pesan! Si hubiera sabido que su destino estaba tan lejos de la estación de trenes, quizá no hubiera llenado tanto las maletas. O si. Quién sabe. Va a necesitar mucha ropa, porque va a pasar un gran periodo de tiempo en aquel sitio.

Tira con fuerza de las dos maletas que lleva en cada mano. En la espalda, una mochila llena de sus cosas personales. Colgando de uno de sus hombros, el bolso, que poco a poco se le va resbalando. Para de golpe apoyando las maletas sobre sus ruedas. Se recoloca la mochila y el bolso que, con el zarandeo del caminar, se le ha caído hasta la muñeca. Resopla. Espera no estar lejos de su destino.

De paso, mira el papel que lleva en una de sus manos. En él pone la dirección exacta de dónde quiere llegar. Mira el número de un portal cercano. Está muy cerca, quizá algunos portales más. Coge de nuevo sus maletas y arrastrando como puede llega al portal deseado. Su destino.

Aparca las maletas y mira de nuevo el papel. Segundo piso, puerta 7. Se lo sabía de memoria, pero quería estar segura antes de llamar. Respira hondo un par de veces, y, recolocándose de nuevo el bolso, que se le ha vuelto a caer, llama al timbre. Espera. Mira a todos lados mientras intenta hacerse a todo lo que le rodea. Vuelve a llamar impaciente al timbre, esta vez dos veces seguidas, por si acaso no le han oído.

–   ¿Quién? – responden al otro lado del timbre. Es la voz de un chico.

–   Hola, soy Nicole. Vengo a… – enseguida le abren la puerta, sin esperar a que ella responda y explique nada más.

–   Sube. Es el segundo piso. – el chico cuelga el telefonillo.

–   Lo sé. – dice la chica en voz baja.

Nikkie coge sus maletas y las empuja hacia dentro del portal mientras resopla una y otra vez por el esfuerzo realizado.

 

Ethan. 1 de Julio. Mediodía. Madrid.

Sale de la ducha sin ninguna toalla que tape sus partes más íntimas. Lo hace tranquilamente, porque sabe que en esa casa aún no hay nadie, aunque por poco tiempo. De hecho, ese mismo día espera la llegada de una chica nueva. Aún no la conoce. Ella vio el piso por internet, y después de hablar por teléfono con él y dejar todo claro, aceptó el contrato. La chica tenía una voz muy bonita, sensual. Debía ser guapa, atractiva. Pero no se hace muchas ilusiones, porque muchas veces le ha pasado lo mismo y la chica no era nada agraciada.

Se peina mirándose al espejo. Se deja el pelo como a él le gusta: peinado pero a la vez despeinado. Formal, pero informal. Para él, perfecto. Se lava los dientes insistentemente. Se enjuaga la boca y tira el agua en el lavabo. Sonríe. Gira la cabeza de un lado para otro. Tiene un poco de barba, de unos dos o tres días. Pero le gusta, le queda bien.

Ethan va a su cuarto y se viste. Unas bermudas vaqueras en la parte de abajo. Arriba, una simple camiseta de manga corta. Era uno de julio, y a esas horas, el calor era achicharrante.

Hace la cama y va hacia el comedor. Mira el reloj. Casi es mediodía. Llaman al timbre. Ethan se sobresalta, aunque sabe de sobra quien es. La chica que espera le dijo que su tren llegaba sobra la una. Sin duda era ella. Se levanta del sofá y responde al telefonillo. Nada más le dice su nombre, él le abre la puerta del patio y le dice que suba al segundo piso.

Mira hacia el comedor y ve que todo está ordenado. Quiere que Nicole, que es así como se llama su nueva compañera, tenga una primera impresión buena. Se pasó toda la tarde anterior poniendo en orden la casa para cuando llegaran los demás inquilinos. Se mira en el espejo que hay enfrente de la puerta. Su pelo está bien. Se arregla un poco la camiseta y sonríe. Perfecto.

Llaman a la puerta. Coge aire y abre. Frente a él se encuentra con una chica morena. Tendría más o menos su edad, un poco más bajita que él, ojos verdes y cargada de maletas. No duda en ayudarla.

–   Hola Nicole. ¿Cómo estás? – coge sus maletas y las entra dentro del piso. Ella está un poco cortada, él lo nota.

–   Bien, aunque hace mucho calor. Uf. – la chica se quita la mochila que llevaba a cuestas y la deja en el suelo, cerca de sus maletas.

–   Bueno, yo soy Ethan. – se acerca a ella y le da dos besos. Huele muy bien. Su colonia le resulta muy atractiva.

–   Encantada. Yo soy Nicole, pero vamos, todos mis amigos me llaman Nikkie.

–   Encantado. – los dos sonríen y enseguida llega un incómodo silencio propio de dos personas que no se conocen de nada. – Bueno, cuéntame. – intenta romper el hielo. – ¿Qué tal el viaje? ¿Has tenido algún problema para encontrar el piso?

–   Para nada, lo he encontrado enseguida. Pero venía cargada con las maletas y se me ha hecho un poco pesado el camino hacia aquí.

–   Haberme llamado y hubiera ido a recogerte con el coche. – otra sonrisa. La chica es muy guapa, y parecía simpática.

–   Nada, no te preocupes. Bueno y… ¿cuál es mi habitación?

–   ¡Ah, sí, claro! Perdona. Ven, acompáñame que te enseño tu nueva casa.

Ethan acompaña a Nikkie a su habitación, sin no antes haberle enseñado toda la casa. A la chica parece haberle gustado el piso, aunque no hace ningún comentario, pero basta con verle su cara. Su alegría es rebosante. Si, definitivamente, esa chica es guapísima.

3, 2, 1…

El momento se acerca…

Entre Mentiras.

Información

Bueno, como podeis leer en el título, esta entrada es solo de información. Cuando empiece a colgar los capítulos de la novela, será borrada.

Primero, y antes que nada, me llamo Leire y soy la escritora de la novela Pensando en ti…OTRA VEZ. Muchos me conocereis porque habeis venido de ese blog, pero otros muchos no. Esa novela todavía no tiene final, pero espero muy pronto poder terminarla.

Como podeis ver, el dominio wordpress es bastante diferente a blogger. Para ello, para poder haceros seguidores del blog, abajo del todo, teneis una especie de ventana que os pone “follow”. La única manera que hay de seguir el blog es insertando vuestro email. Pero no os preocupeis, porque a mi, en ningún momento, recibo vuestros emails ni nada por el estilo. A vuestro correo os llegará un email de confirmación. En él, podeis poner que cada vez que escriba una entrada, os informe de ello. Es bastante cómodo, aunque he de reconocer que todavía no me he hecho a este dominio.

Y, por último, recordaos que si quereis hacerme alguna pregunta podeis ir a Formspring o podeis pasaros por mi Twitter

Muchas gracias por leerme y os espero por aquí.

Entre mentiras.

Una novela que no te dejará indiferente.